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Propósito, contenidos y realidad

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Llevo un tiempo sin escribir. Podría poner la excusa de que el trabajo me ha tenido más ocupado de lo normal, pero la verdad es que no me apetecía nada escribir. Me gusta hacerlo. Me gusta compartir mi opinión y aquello que voy descubriendo por el camino. El problema viene cuando aquello que nos gusta lo convertimos en obligación. Escribir en el blog todas las semanas se había convertido en una obligación.

 

Esta tarea semanal auto impuesta me estaba generando más estrés que placer. El buscar contenidos porque sí y el cumplir con la cita semanal del blog había dejado de tener sentido desde el momento en el que olvidé el propósito  por lo que lo hacía.

 

Me dedico a la comunicación, concretamente al desarrollo de habilidades de comunicación. Me interesa el liderazgo  y el concepto de trabajo en equipo desde el punto de vista de la comunicación. Me preocupa como nos comunicamos y relacionamos las personas dentro de las empresas, como lo hacemos con nuestros clientes, por supuesto, pero sobre todo como nos relacionamos entre nosotros en la normalidad y rutina de cada día. Todo lo que hago está enfocado a este objetivo. Trabajar para mejorar la comunicación y relación entre las personas dentro de las empresas. Por lo tanto, mi propósito al escribir todas las semanas es compartir información relevante, opinión y sugerencias que ayuden a lograr mi objetivo. Curiosamente lo había olvidado y mi propósito había pasado a ser el cumplir semanalmente con mi blog.

 

Estamos desbordados de información. Nos han contado que hay que estar constantemente presente en las redes sociales. Que si uno quiere ser conocido y reconocido tiene que tener un blog y compartir todo lo que le pasa diariamente por la cabeza en Twitter, Facebook o LinkedIn. Al final, lo que obtenemos en una gran flujo de datos, muchos repetidos, que a la larga no nos aportan más valor añadido a lo que ya conocemos. El escribir por escribir, o el compartir por compartir, se ha convertido en rutina, llegando al punto en el que damos más importancia al número de retuits o a las veces que se ha compartido nuestra aportación que al contenido, sentido o fin de la misma. Predominan los datos y las listas, las recetas mágicas donde nos revelan, por fin, el secreto para convertirnos en grandes líderes, comunicadores, escritores, creativos o padres.

 

Pero algo está fallando cuando el buen liderazgo sigue siendo pobre y difícil de encontrar dentro de las empresas. Cuando, cada vez más, nos comunicamos menos y peor entre nosotros, de tú a tú, en persona, como siempre se ha hecho. Cuando basamos nuestro éxito personal o profesional solo en el reconocimiento virtual.

 

He decidido escribir cuando me apetezca, cuando realmente tenga algo que compartir. Quizás vaya en contra de lo recomendado, de lo sugerido por los gurús del mundo online. Quizás no llegue a tener una gran “mail list”, ni muchos seguidores, ni una gran presencia virtual. Sinceramente, me da igual. En mi trabajo, mis contenidos y mi comunicación mando yo, ni Google, ni Twitter, ni LinkedIn. El auto obligarme a estar constantemente presente no me hace mejor profesional, es más, me quita tiempo para ser un buen profesional. Al fin y al cabo, mis clientes son reales y cuando verdaderamente disfruto es hablando en persona con ellos y ayudándoles a solucionar sus problemas reales, los del día a día.

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